Prácticas de intervención urbana: Una cita romántica con nuestras ciudades


Nadia Moncada Sevilla
imonsev.na@gmail.com

Resumen: El artículo expone una reflexión en torno a las intervenciones urbanas como una cita romántica con nuestras ciudades, que refuerce nuestra relación y cercanía con el espacio en el que nos movemos; pero más que solo un gesto de romance y respeto, es también una forma de exigir una ciudad construida por nosotros mismos y para nosotros mismos. Todo esto, narrado desde la perspectiva de una extranjera en Cuiabá.

Palabras clave: Intervención urbana. Ciudad. Caminar. Urbanización.

Resumo: O artigo expõe uma reflexão sobre intervenções urbanas como um encontro romântico com nossas cidades, que reforça nossa relação e proximidade com o espaço em que nos movemos; mas mais do que apenas um gesto de romance e respeito, é também uma forma de exigir uma cidade construída por nós e para nós mesmos. Tudo isso, narrado a partir da perspectiva de uma estrangeira em Cuiabá.

Palavras chave: Intervenção urbana. Cidade. Caminhar. Urbanização.

Si todos pudiéramos recordar nuestra reacción al ser capaces de dar nuestro primer paso, ese paso que nos permitió saborear por primera vez la independencia y nos despertó ese apetito insaciable de movernos hacia donde quisiéramos. Si tan solo tuviéramos consciencia de todo lo que hemos conocido desde que empezamos a caminar…

Le Breton (2002) empieza su libro Elogio al caminar con una frase maravillosa: “caminar es una apertura al mundo”. Una frase innegable. Un acto tan común y a la vez tan indispensable como el poder comunicarnos, por ejemplo. Y luego nos recuerda que Roland Barthes señalaba en la década de 1950 que “es posible que caminar sea mitológicamente el gesto más trivial y por lo tanto el más humano”.

Si cada uno de nosotros repensáramos qué significa el caminar, cada uno otorgaría un valor distinto, de acuerdo a diferentes variables como la edad, la generación en la que nacimos, pero es especialmente determinante el espacio en el que nos movemos. No significa lo mismo para un niño que camina una hora diaria para ir a la escuela en una comunidad rural, que para un adulto joven que decide caminar a su trabajo para evitar el embotellamiento del tráfico en New York. Cada uno tiene sus razones para decidir hacerlo, y cada quien construye una relación diferente con el espacio por donde se mueve.

Bajo esta premisa, este artículo se plantea que caminar es tener una relación sentimental muy cercana con la ciudad en la que vivimos. Caminando, nos permitimos ver las calles en cámara lenta, reconocer cada edificio por el que pasamos, sentir el sol, el pavimento y el viento. Acompañado del observar, son gestos de amor e interés, actos de cariño y respeto hacia el espacio donde habitamos. Entonces, el propósito principal de este artículo es valorar la importancia de las intervenciones urbanas como una cita romántica con nuestras ciudades, un momento para recordar y resignificar la relación que hemos forjado. Tomando como referencia el evento de Cuiabá 300 sombrillas, llevado a cabo como conmemoración del aniversario número 300 de Cuiabá.

"Caminando nos permitimos ver las calles en cámara lenta, reconocer cada edificio por el que pasamos, sentir el sol, el pavimento y el viento. Acompañado del observar, son gestos de amor e interés, actos de cariño y respeto hacia el espacio donde habitamos".
¿Nuestras ciudades están hechas para caminantes?
Antes de seguir con el tema planteado en el párrafo anterior, consideré oportuno reflexionar desde un punto personal sobre la forma en la que están construidas nuestras ciudades. 

Cabe esclarecer que están leyendo aquí las palabras de una persona que acaba de cambiar de ciudad. Con un cambio tan reciente, se me hace imposible escribir sobre caminar sin pensar en ese giro en mi existencia, sin recordar mi ciudad o las ciudades en las que he estado.

Siempre que viajo a otro lugar lo que más extraño del mío es la confianza con la que me muevo por sus calles, saber hacia dónde moverme para llegar a un lugar, poder subirme a un bus sin el miedo a perderme o sin consultar una aplicación en mi celular. Nací en Nicaragua, un país muy pequeño, con apenas 130 mil kilómetros cuadrados. Muy pobre, con un desarrollo infraestructural bastante precario. Donde la mayor parte de la población camina para ir a sus destinos o usa el transporte urbano. Yo misma ocupaba horas para llegar a un lugar a otro y destinaba días especiales para caminar desde mi universidad a mi casa.

En 2018 viajé a una ciudad estadounidense en el estado de Virginia. Me hospedé en la casa de unos familiares por poco más de un mes, tiempo que me permitió entender el ritmo de la ciudad y los hábitos de muchos de sus pobladores. El vecindario era una zona boscosa donde las casas estaban distanciadas una de la otra, y los supermercados estaban demasiado lejos para ir caminando.

Cuando sentí la necesidad de caminar por mi cuenta, salí de la casa y llegué a una calle de dos carriles. Me percaté de que no existía en ninguna de las orillas de esa carretera, un andén o espacio destinado para los peatones. No alcancé a ver a ninguna persona en más de un kilómetro, y la estación o parada de buses más cercana estaba a casi dos kilómetros. Después de caminar a la deriva por aproximadamente una hora, decidí regresar.

Con esta experiencia comprendí que el hábito de caminar de las personas está estrictamente relacionado con la construcción urbana de su ciudad. La organización de la ciudad determina el ritmo de vida y viceversa. Este análisis me hace recordar el concepto de Lefebvre sobre el “derecho a la ciudad”, el cual para David Harvey (2008) integra nuestra libertad para construir nuestras ciudades. Se trata, para él, de uno de las más preciados y a la vez más descuidados de los derechos humanos.

El derecho a la ciudad es mucho más que la libertad individual de acceder a los recursos urbanos: se trata del derecho a cambiarnos a nosotros mismos cambiando la ciudad. Es, además, un derecho común antes que individual, ya que esta transformación depende inevitablemente del ejercicio de un poder colectivo para remodelar los procesos de urbanización. (HARVEY, 2008, p.23).

Ante tales consideraciones, discerní que mi simple acto de caminar en un lugar que no está adaptado para los caminantes fue una forma de crítica no intencionada al urbanismo, un acto de resistencia, una provocación hacia las personas que pasaban en sus vehículos y me miraban, una proclamación de la ciudad que necesito.

El caminar como evento
Caminar es un gesto tan común, que lo hacemos inconscientemente, sin pensar al final del día ¿qué significó para mí hoy? Dicho asunto ha provocado a grupos de artistas y demás personas a organizar días específicos dedicados al caminar y todo lo que conlleva. Pero ¿es absolutamente necesario organizar caminatas para recordarle a las personas la belleza del caminar? ¿qué otros propósitos cumplen estas propuestas artísticas?

Hace muy poco decidí cambiar mi existencia ligeramente, me acogió una ciudad nueva, se trata de Cuiabá, una ciudad Brasileira cuyo nombre la gente asocia inmediatamente con la palabra “calor”. Siendo entonces una ciudad extremadamente calurosa, con un sol incandescente, cualquier persona es propensa a sufrir consecuencias físicas después de caminar largas horas. Las quejas abundan, el calor irrita, tiende a provocar agotamiento más rápido.

De este clima hostil, emanó hace unos años una idea de intervención urbana grupal que proponía una solución al problema y una forma de apropiación, aceptación y re significación de la ciudad: caminar acompañados de sombrillas, de manera que se evitara el sol, el agotamiento rápido y por lo tanto se disminuyera la especie de rivalidad que tenían las personas con la ciudad debido al calor.

Nos dice Le Breton (2017), “caminar se opone a estar en casa”.  En Elogio al caminar, el autor nos habla de un caminar dotado de rasgos estéticos, como "una forma de meditación que requiere una sensibilidad plena”, una actividad para hacer en la soledad o con un compañero ideal, sin necesidad de un rumbo específico, en lugares despejados y en silencio. Caminando nos abrimos a una experiencia sensorial completa.

Con cierta oposición Francesco Careri (2002) nos recuerda la denominada visita dadaísta, una incursión grupal y guiada a los lugares más banales de la ciudad.  La visita dadaísta o la deambulación surrealista fueron intervenciones urbanas planificadas. Tal como el evento realizado en Cuiabá, una caminata que a pesar de haber tenido una programación fue planeada con rapidez y con mucha improvisación, porque para caminar no se requiere seguir un plan trazado al pie de la letra.

La experiencia del evento se encuentra inserto también dentro del concepto de deriva (dérive). Careri (2002) define este término como una “construcción y una experimentación de nuevos comportamientos en la vida real, la materialización de un modo alternativo de habitar la ciudad, un estilo de vida que se sitúa fuera y en contra de las reglas de la sociedad burguesa”.

Sobre este concepto más reciente que la visita dadaísta y la deambulación surrealista, Debord (1999) escribía:
Se puede derivar en solitario, pero todo indica que el reparto numérico más fructífero consiste en varios grupos pequeños de dos o tres personas que compartan un mismo estado de conciencia. El análisis conjunto de las impresiones de los distintos grupos permitirá llegar a conclusiones objetivas. (p. 2).

En mencionada actividad, que también estuvo llena de expresiones artísticas de peso histórico y político, a pesar de ser grupal cada participante se llevó una experiencia distinta, cada uno eligió una muestra de arte preferida, y algunos se centraron en escuchar las opiniones de los demás en aquel momento, de notar las presencias y las ausencias. Para Katiuska Azambuja, el acontecimiento más impactante de aquel día fue un performance realizado justo frente a la iglesia Nossa Senhora do Rosário e São Benedito, la cual retrataba a la población negra esclavizada y encadenada, una manera de recordar la historia de los esclavos y su asociación de la construcción de tal iglesia y Brasil entero, pero que también nos recuerda que el racismo es una problemática latente.

Para la caminata fue seleccionada, como ya se dijo, una fecha muy cercana al aniversario número trescientos de la ciudad, el momento ideal para re-enamorarnos o descubrirla, en casos como el mío, pero también para reflexionar críticamente sobre la situación política-social de nuestro entorno. El trayecto fue trazado en los márgenes del denominado Centro Histórico, lo que despertó comentarios de los participantes en relación al pasado y futuro de la ciudad.

La selección del espacio es un aspecto clave del caminar dentro de estas experiencias de deriva o intervenciones urbanas, pues tienen consecuencias trascendentales en las subjetividades del grupo de participantes. Invitan a ver las ciudades con otros ojos. El caminar se convierte entonces en un acto social, que permite en casos como la caminata en cuestión, recuperar espacios que posiblemente hayan quedado en el olvido o resignificar lugares que hayan sido manchados por un concepto negativo. Pero recuperar espacios también puede tener un tono más sentimental, como cuando caminamos por algún lugar que nos parece desconocido pero el reencuentro con una calle nos hace darnos cuenta que no lo es, “yo ya pasé por aquí”, pensamos.

También puede tratarse de recuperar espacios en un tono más político, porque caminar también es un acto de protesta, es una proclamación, una muestra de protagonismo. “Las calles son nuestras” pregonábamos de manera victoriosa en las calles de mi ciudad, Managua, en 2018, un año marcado por las protestas y manifestaciones en Nicaragua. Porque cada vez que hacíamos una caminata, nos apropiábamos del territorio por donde pasábamos.

Las intervenciones urbanas también pueden ser momentos para detenernos a ver nuestra ciudad como nunca antes la hemos visto. Contemplarla como una galería gigante inundada de obras de arte; o como un parque temático sin puertas y sin cuotas de pago, ni filas para entrar; o como museos gratuitos y al aire libre, que expongan también la historia.  Nos decía Gilles Ivain (1958) La arquitectura es el medio más simple de articular el tiempo y el espacio, de modular la realidad, de engendrar sueños”.

Estas intervenciones urbanas se tratan entonces de experiencias fabricadas, casi teatrales, para recordar y rendir homenaje al caminar, una actividad tan trivial, pero a la vez digna de enaltecimiento. Un encuentro de este tipo es una forma de reunir a un grupo de caminantes apasionados, a enamorarse aún más de la simple idea de caminar. Se trata, según Careri (2002) de una “operación estética consciente”. Mas, también, son una muestra de demanda de la ciudad que queremos, son gestos de construcción de significados, son planteamientos de una ciudad posible.
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Referências bibliográficas
Careri, Francesco. Walkscapes. Barcelona: Editorial Gustavo Gili, 2002.
Debord, Guy. Teoría de la deriva. 1999. Disponível em: https://www.ugr.es/~silvia/documentos%20colgados/IDEA/teoria%20de%20la%20deriva.pdf. Acesso em: 03 maio. 2019
Gilles Ivain. Formulario para un nuevo urbanismo. (1953) Disponível em: https://sindominio.net/ash/is0109.htm. Acesso em: 04 maio. 2019
Harvey, David. El derecho a la ciudad. New Left Review. Ano 53. Nov/Dic 2008.  Disponível em: https://newleftreview.es/issues/53/articles/david-harvey-el-derecho-a-la-ciudad.pdf. Acesso em: 02 maio. 2019.
Le Breton, David. Elogio del caminar. España: Ediciones Siruela, 2017.

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